



Los antibióticos son aliados muy poderosos para combatir las infecciones bacterianas —¡ojo! Solo las bacterianas, no funcionan con virus como el de la gripe o el resfriado!—.
Estos fármacos actúan de dos maneras:
- Aniquilan a las bacterias (antibióticos bactericidas).
- Detienen su crecimiento (antibióticos bacteriostáticos).
Sin embargo, algunas bacterias se vuelven resistentes a los antibióticos, pero ¿cómo lo hacen?
- Al más puro estilo de los cómics de superhéroes, se pueden producir mutaciones en el cromosoma —el ADN principal de la bacteria— que confieren el superpoder de resistir a los antibióticos.
- Las bacterias pueden conseguir plásmidos, unos fragmentos circulares de ADN que contienen genes «extra», algunos de los cuales proporcionan resistencia a los antibióticos.
Una vez que adquieren las resistencias, estas se propagan con mucha facilidad entre multitud de bacterias. Por un lado, las mutaciones localizadas en el cromosoma se transmiten de generación en generación cuando la bacteria se divide. Por otro lado, los plásmidos se intercambian entre bacterias —¡incluso de especies diferentes!— mediante mecanismos muy sofisticados (¡esto lo dejamos para otra publicación!).
Cuando abusamos de los antibióticos favorecemos la aparición de resistencias por un mecanismo llamado «presión selectiva»: en presencia de antibióticos, solo las bacterias que adquieran resistencia serán capaces de sobrevivir. Aunque solo sean unas pocas, como no tienen competencia, comienzan a proliferar sin control y a intercambiar sus plásmidos indiscriminadamente.
Para evitarlo, debemos utilizar los antibióticos con cabeza:
- Tómalos solo cuando te los recete tu médic@.
- No los uses contra virus como la gripe o el resfriado.
- Completa siempre el tratamiento y respeta las dosis y horarios, tal y como te haya indicado tu médic@.
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